Generalmente los tormentos de la vida nos hacen perder la cabeza. Estos se vuelven incluso contagiosos, formando como una especie de cadena de cosas.
Esta es la historia de un hombre que despertó de mal humor. Discutió con su esposa. La mujer, perdió la cabeza y le insultó. El hombre muy furioso salió al patio y le propinó un puntapié al empleado. El empleado le dio un trompazo al perro y este salió enfurecido a la calle chillando y le mordió a un transeúnte. Éste resultó ser un diputado de la ciudad que llegando a la oficina dio un furibundo discurso a los suyos y el afecto de aquel desembocó en su destitución en las siguientes 24 horas.Por parecidos efectos desastrosos no nos gustan los tormentos de la vida que, aveces, nos desorientan, nos hacen perder la cabeza. Pero hay personas que, en el desenlace de sus vidas, no hacen otra cosa que crear problemas, atraer desgracias, procurar dificultades, etc.
Estas personas, se parecen a los discÃpulos, cuya barca amenaza con hundirse en las aguas tormentosas de aquel lago. Para pacificarse, nada mejor que acudir a Jesús, quien con su palabra y su presencia es capaz de acallar los tormentos de la vida. De ahà la razón de la voz de Jesús que increpa: "¡silencio! ¡Cállate! Y el viento cesa y las aguas se calman".
Cuando nos visiten los tormentos de la vida, acudamos a Jesús y a los favores del silencio y la paz que sólo brotan de un corazón lleno de fe y confianza en Dios.

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