Somos «arrendatarios» de los bienes del Reino de Dios. Pero para cumplir con ese cometido, hemos de desarrollar en nosotros una personalidad agradable y simpática. Esto es posible pidiendo la ayuda de Dios constantemente y perseverando en tratar de mejorar todos los días.
Con una personalidad agradable y simpática, será más fácil optimizar la administración de los bienes del Reino. No caeremos en el error de tener que creérnoslo que somos propietarios o de arrogarnos de tener los derechos sobre esos bienes. Esos bienes son de Dios y nosotros solamente somos sus administradores. Y, para administrar bien, hay que ser profundamente humildes.Entonces de nuestras manos brotarán las buenas obras: como la caridad, la misericordia, la bondad, el cariño, el afecto, etc. Para brindar esos bienes a los que lo necesitan no requerimos grandes cosas sino que aquellos ya los tenemos con nosotros. Por ejemplo: nadie es tan pobre como para no brindar una sonrisa; nadie es tan pobre, como para no poder dar afecto y cariño o como para no tener la capacidad de ayudar y ser compasivo. Por tanto, lo que se trata es de multiplicar los bienes que de Dios hemos arrendado lo más que podamos, para que cuando él nos llame nos diga: "bien hecho, hijo/a". Como dijo San Juan Pablo II: "tratad a todos bien, tratad siempre bien; tratad de tal manera bien, que Dios muy complacido os tenga que decir: muy bien". Que eso sea la finalidad de nuestra vida.

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