Los papás de antes eran firmes en sus decisiones y, cuando el hijo quería rebelarse con alegatos, eran hombres de una sola palabra: “cállate”. Las mamás mostraban su chancleta y todos se arreglaba en los hijos. Educaban sin miramientos y con mano dura. Cabe decir que, además de la mano dura, también usaban un buen cinturón de cuero.
Algo parecido hacían los judíos con las prescripciones de Moisés, aunque solían ser más mordaces y rígidos. Cada delito, solía ser castigado severamente. Porque si una mujer era sorprendida en adulterio, debía ser apedreada. Por eso le preguntan a Jesús: ¿qué dices?
Jesús, aquellos «castigos ejemplares», lo supera con palabras alentadoras, historias motivadoras, gestos de comprensión y muestras de cariño. De ahí su voz alentadora: "Yo tampoco te condeno. Vete, y no vuelvas a pecar más". Eso quiere decir que las cosas ya no son como antes. Todo ha cambiado. Por tanto, aprendamos de Jesús y su actitud misericordiosa para con los pecadores. Sólo necesitamos desarrollar en nosotros un corazón dispuesto para cambiar y para ser más parecidos a Él.

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