El hijo del rey de Francia (Luis XVI, que habÃa sido destronado por sus detractores) fue conducido a un lugar de perversión para destruirlo moralmente y hacerle olvidar el lugar de honor que debÃa corresponderle. El hijo, después de haber sido expuesto a un sin fin de perversiones y no haber accedido, contestó: "Yo nacà para ser rey".
Todo creyente ha nacido para ser rey. Es más, el dÃa de nuestro bautismo hemos sido ungidos para ser reyes, profetas y sacerdotes. Somos miembros de un pueblo de reyes y de santos, seguidores de Cristo, el Rey del Universo, “el primero que resucitó de entre los muertos”, que en un cotexto del Juicio Final, cuando Él separe de las ovejas a las cabras, seremos juzgados por nuestra actitud de de amor o indiferencia hacia nuestros hermanos/as. Por tanto, la pregunta final será ¿cuánto has amado a tu hermano/a?
Amar al hermano/a, significa cuidar, guiar, curar, acoger, visitar, motivar y sanar a alguien. Son instancias prácticas por las que hemos de rendir cuentas al Rey de universo. Si hemos cumplido con ello, como sacerdotes, religiosos, pastores, educadores, profesionales, PP. FF, hijos/as, discÃpulos, comprometidos con la causa de Cristo, entonces seremos dignos de las palabras: "vengan benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado, porque cuando tuve hambre...". Que en la vida de cada dÃa, tengamos presente este pasaje del Evangelio y vivamos ayudándonos unos a otros para cumplir plenamente el mandamiento del amor.

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