Un mendigo que iba por la vereda, vio que el rey venÃa en su dirección. Entonces pensó: esta es mi oportunidad de pedirle al rey; seguramente me dará bastante. Cuando el rey se le acercó, dijo: su majestad, regáleme unas moneditas por favor. El rey contestó: ¿por qué más bien no me das algo tú? ¿Acaso no soy tu rey?
Entonces, apresuradamente el mendigo buscó en sus haberes y encontró unas naranjas y unos panes. Viendo lo que tenÃa pensó: una naranja y un pan es mucho para un rey; mejor le daré los cinco últimos granitos de arroz que me quedan. Asà le dio al rey los cinco granitos de arroz.Al recibirlo, el rey dijo: ¿ves qué tenÃas algo para darme? Y, acto seguido, le dio al mendigo cinco moneditas de oro. Al ver la situación, el mendigo repuso: su majestad, tengo otras cosas más para darle. Y el rey sentenció: solamente de lo que me diste con el corazón te puedo recompensar.
La vida es asunto de recompensa. Aquello que das, recibes. Por eso Jesús le echa en cara a los fariseos: "este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de MÃ". Para recibir las recompensas de Dios hay que dar de corazón, estos es, con generosidad. Si das generosamente, Dios será generoso contigo. Desarrollemos un corazón generoso, para ser objetos de la generosidad de Dios. Y, aquello, solamente se consigue dando de corazón.

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