Leyendo todo el libro de Job, encontramos que este hombre nunca maldijo a Dios. Y, al final de la prueba, Dios multiplicó sus bienes para recompensar su fidelidad. Pero, la parte que escuchamos hoy —en la 1ra lectura—habla sobre el peso del dolor y el sufrimiento que soportó él por no fallarle a Dios. La 2da lectura, revela que san Pablo asume como una tarea y una necesidad el hecho de predicar el Evangelio de Jesucristo. De hecho dice: "¡Ay de mí si no predico el Evangelio!".
Tanto Job como san Pablo, el propio Jesús, son como las abejas que, estando en el sufrimiento, en la cruz, totalmente golpeados por el dolor, el sufrimiento, el suplicio, el sacrificio, el hambre, la sed, siempre terminan encontrando lo mejor que hay en la vida, lo que más conviene, lo rescatable, lo positivo, lo bonito, lo noble, lo bueno. No están interesados en cambiar a otros sino en cambiarse a sí mismos, mejorarse, esforzarse, esculpirse y purgarse para ser mejores por medio de la oración. Por eso, Jesús, en el Evangelio, simplemente, cura la suegra de Pedro, sana a muchos enfermos y endemoniados, y continúa "predicando y expulsando los demonios" pero todo presidido por una oración ferviente.
En una ocasión, san Antonio Abad (anacoreta) se encontró en el desierto con un hombre cazando animales salvajes con su arco. Por 3 veces le dijo que estirara más el arco. Y, a la última insistencia, el hombre repuso: "si estiro más se romperá el arco". Entonces concluyó el hombre de Dios: "Así también sucede en la vida. Si exigimos más de la medida a los hermanos, ellos también se romperán". Por eso, dice el dicho: "el que ama, no exige; se exige para amar". Por tanto, exijámonos a nosotros mismos para amar, para ser mejores en lo que sabemos hacer, sin dejar de orar, y encontraremos dicha y felicidad, como lo hicieron Job, Pablo y Jesús.

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