Las bondades de una oración ferviente, 16 de febrero del 2024

San Macario (feliz, bienaventurado), que vivió por los años 390, fue un santo que encontró el gusto por la oración, la meditación y el silencio. Pero, un día, sucedió que una mujer le calumnió de que el niño que llevaba en su seno era de Macario. La gente se molestó con él y fue arrastrado por la calles.

Sin embargo, él, en silencio, oró fervientemente a Dios pidiendo que les hiciera saber a todos la verdad. Dios escuchó su plegaria. Y sucedió que la mujer, antes de dar a luz, comenzó a sentir terribles dolores hasta que confesó quién era el verdadero padre. Sólo entonces pudo dar a luz a su hijo. Consecuentemente, Macario fue admirado por su inocencia, humildad y paciencia con la que aguantó aquella calumnia. 

Luego, tomando en cuenta el lenguaje del mundo, se retiró al desierto en Egipto para dedicarse a la oración, al ayuno, a la meditación, a la penitencia y a empeñarse en aprender algunos métodos para alcanzar la santidad de vida.

Nosotros también, en esta cuaresma, ya que el Evangelio habla del ayuno, aprovechemos para ayunar de nuestros vicios, malas palabras, celular, flojeras, quejas, enojos, pesimismos, palabras hirientes, reguetón, fiestas, etc. Con esos ayunos nos tornaremos mejores hijos de Dios y más agradables a Él. 

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