Sin embargo, él, en silencio, oró fervientemente a Dios pidiendo que les hiciera saber a todos la verdad. Dios escuchó su plegaria. Y sucedió que la mujer, antes de dar a luz, comenzó a sentir terribles dolores hasta que confesó quién era el verdadero padre. Sólo entonces pudo dar a luz a su hijo. Consecuentemente, Macario fue admirado por su inocencia, humildad y paciencia con la que aguantó aquella calumnia.
Luego, tomando en cuenta el lenguaje del mundo, se retiró al desierto en Egipto para dedicarse a la oración, al ayuno, a la meditación, a la penitencia y a empeñarse en aprender algunos métodos para alcanzar la santidad de vida.
Nosotros también, en esta cuaresma, ya que el Evangelio habla del ayuno, aprovechemos para ayunar de nuestros vicios, malas palabras, celular, flojeras, quejas, enojos, pesimismos, palabras hirientes, reguetón, fiestas, etc. Con esos ayunos nos tornaremos mejores hijos de Dios y más agradables a Él.

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