Son tres las formas de permanecer fieles a Jesús: la práctica del mandamiento del amor, el servicio y la participación en la Eucaristía (el sacerdocio).
El mandamiento del amor implica comprender la lógica del amor fraterno, que ninguno es superior o inferior, todos somos hermanos… Por eso dice el adagio: “No camines delante de mi, puedo no seguirte; no camines detrás de mi, puedo no guiarte; caminemos juntos y ayudémonos el uno al otro”. En el caminar juntos y ayudarse mutuamente, cueste lo que cueste, se encuentra el sentido del mandamiento del amor.El servicio es el detalle más importante que uno puede brindar al otro, mientras se camina juntos. El servicio es el compañero permanente del ser humano. Necesitamos del servicio al nacer, al pasar por este mundo y al despedirnos. Ese es el significado del lavatorio de los pies, pues el servicio ennoblece al ser humano. Con razón, dice Santa Teresa de Calcuta: “el fruto del silencio es la oración, el fruto de la oración es la fe, el fruto de la fe es el amor, el fruto del amor es el servicio y el fruto del servicio es la paz”.
La Eucaristía es el don más preciado que Dios nos regaló. Nuestra participación en ella conlleva, tener la misma actitud de San Francisco: “ved que diariamente viene a nosotros en humilde apariencia, desde el seno del Padre en las manos del sacerdote”, en forma de pan y vino, como alimento espiritual para todos. La Eucaristía también refleja también nuestra capacidad de celebrar con la familia y con los amigos/as.
Por eso dijo San Francisco de Sales: “Si eres colérico, debes comulgar para que el Señor te traiga un buen genio. Si eres pecador, debes comulgar para que Jesucristo te traiga el perdón y las fuerzas para no pecar. Si eres bueno, comulga para no volverte malo; y si eres malo, comulga para que te vuelvas bueno”. Y, finalmente, haz un gesto de caridad: Felicite a algún sacerdote amigo, que te ha ayudado y que contigo a celebrado una Eucaristía. Paz y Bien.

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