Las primeras comunidades “tenían un solo corazón u una sola alma” y, esa condición, es necesaria para que crezca la fe. Por ejemplo, la medalla de los holandeses tiene un símbolo. En la 1ra. cara aparecen dos bueyes arando juntos y un letrero que dice: “unidos progresamos”. En la segunda cara lleva dos vasos de cristal y un letrero que dice: “si chocamos nos destruimos”. ¡Qué buen símbolo! ¿Verdad?
Sólo progresaremos en la fe si permanecemos unidos en oración, en cumplir los mandamientos (en eso consiste el amor a Dios), en perdonarnos mutuamente, en la comunión constante, en confesamos, en asistir a Misa, en ayudar al hermano. Pero si nos separamos de la comunidad nos debilitaremos. El que se separa de la manada, se debilita. De modo que unidos, progresaremos en la fe. Se disipará el miedo, porque el Señor nos fortalecerá en comunidad, pues separados de Él no podemos hacer nada.
Pero, a veces, nos hacemos a los exigentes y no queremos creer. Generalmente nos ocurre esto porque nos separamos de los demás. Nos perecemos a una superiora que, cuando veía un libro que en su título tenía la palabra FE, no le daba importancia, porque se decía a sí misma: “yo ya tengo fe”. Pero con el tiempo llegó a darse cuenta que su arrogancia sólo le condujo a conseguir obras raquíticas, tal cual era su fe. Entonces cambió de enfoque y llegó a ser una religiosa santa.
Por tanto, aprendamos de Tomás pues, a él, le costó creer. Pero, como todo lo que cuesta suele ser más apreciado, este apóstol arriesgó su vida por Cristo y su fe en el Señor se hizo total. De ahí su confesión: “¡Señor mío, y Dios mío!”. Nosotros, como Tomás, digámosle: ¡Señor mío, y Dios mío!, para desarrollar en nosotros una gran fe. Entonces, seremos dignos de las palabras del Señor: “felices los que creen sin haber visto”. Así seremos ‘dichosos’.

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