La duda. La actitud de Tomás destaca la duda como una herramienta esencial en la vida ordinaria... Para alcanzar la verdad, no hay nada mejor que plantarse un dÃa y decir: "voy a dudar de todo" (Descartes). ¿De qué dudó? De la teologÃa medieval y de la inquisición. Ahora bien, si la duda es una herramienta valiosa, ¿de qué podemos dudar nosotros? De las tendencias desordenadas de nuestros jóvenes (chicos empanadeando), de los relatos del feminismo, del comunismo y el socialismo (la campesina Bachkiria y el chequista), de los datos económicos que nos cuentan (los emisarios del gobierno de turno), porque allà "hay un gato encerrado". Como podemos ver, la duda nos ayuda a poner en entredicho esos relatos, las palabras bonitas, tranquilizadoras, demagógicas e inciertas, para dar con la verdad y la certeza que necesita nuestro pueblo boliviano. Pero, a veces, también la duda puede ser muy útil como un recurso para justificar nuestros miedos, pretextos, estatismos, condiciones y flojeras.
La ciencia. La duda siempre nos arrojará a la tarea de investigar, es decir, a la ciencia, y esta se rige por la ley de la causa y el efecto. Al hacer algo, siempre provocamos algo, para bien o para mal. En ese entendido, el ser humano es responsable de sus propios actos (en esto hay que formar a los niños). Gracias a la ciencia el ser humano ha conseguido grandes logros. Es lo que exige Tomás: "si no meto mi dedo en la llaga de sus manos y mi mano en su costado, no creeré". Es una actitud tremendamente cientÃfica. Esa actitud hemos de tener los católicos para alcanzar la fe madura de un hombre/mujer de fe. A esa condición de fe nos invita el Señor Resucitado.
La fe. Es lo que Jesús apela, ante la incredulidad de Tomás: "porque me has visto has creÃdo. ¡Felices los que creen sin haber visto!". Esta bienaventuranza se hace eco en la carta de Pedro: "ustedes lo aman sin haberlo visto, y creyendo en Él sin verlo todavÃa, se alegran con un gozo indecible y lleno de gloria"; "compartÃan lo que tenÃan, comÃan juntos con alegrÃa y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo". Esa vida ideal ya vivimos los católicos gracias a esa fuerza más fuerte que la muerte, a la fuerza del Resucitado, que está en nosotros. Es la razón de nuestra fortaleza, esperanza, alegrÃa y gozo. Por eso, en esta misa hemos de decir con todo el corazón: "¡Señor mÃo y Dios mÃo!".

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