Palabras de vida y luz para hoy, 16 de abril del 2023

La duda. La actitud de Tomás destaca la duda como una herramienta esencial en la vida ordinaria... Para alcanzar la verdad, no hay nada mejor que plantarse un día y decir: "voy a dudar de todo" (Descartes). ¿De qué dudó? De la teología medieval y de la inquisición. Ahora bien, si la duda es una herramienta valiosa, ¿de qué podemos dudar nosotros? De las tendencias desordenadas de nuestros jóvenes (chicos empanadeando), de los relatos del feminismo, del comunismo y el socialismo (la campesina Bachkiria y el chequista), de los datos económicos que nos cuentan (los emisarios del gobierno de turno), porque allí "hay un gato encerrado". Como podemos ver, la duda nos ayuda a poner en entredicho esos relatos, las palabras bonitas, tranquilizadoras, demagógicas e inciertas, para dar con la verdad y la certeza que necesita nuestro pueblo boliviano. Pero, a veces, también la duda puede ser muy útil como un recurso para justificar nuestros miedos, pretextos, estatismos, condiciones y flojeras. 

La ciencia. La duda siempre nos arrojará a la tarea de investigar, es decir, a la ciencia, y esta se rige por la ley de la causa y el efecto. Al hacer algo, siempre provocamos algo, para bien o para mal. En ese entendido, el ser humano es responsable de sus propios actos (en esto hay que formar a los niños). Gracias a la ciencia el ser humano ha conseguido grandes logros. Es lo que exige Tomás: "si no meto mi dedo en la llaga de sus manos y mi mano en su costado, no creeré". Es una actitud tremendamente científica. Esa actitud hemos de tener los católicos para alcanzar la fe madura de un hombre/mujer de fe. A esa condición de fe nos invita el Señor Resucitado.

La fe. Es lo que Jesús apela, ante la incredulidad de Tomás: "porque me has visto has creído. ¡Felices los que creen sin haber visto!".  Esta bienaventuranza se hace eco en la carta de Pedro: "ustedes lo aman sin haberlo visto, y creyendo en Él sin verlo todavía, se alegran con un gozo indecible y lleno de gloria"; "compartían lo que tenían, comían juntos con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo". Esa vida ideal ya vivimos los católicos gracias a esa fuerza más fuerte que la muerte, a la fuerza del Resucitado, que está en nosotros. Es la razón de nuestra fortaleza, esperanza, alegría y gozo. Por eso, en esta misa hemos de decir con todo el corazón: "¡Señor mío y Dios mío!".

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