Para estar siempre bendecidos por Dios, "hay que nacer de nuevo. Hay que nacer del Espíritu", es decir, a la gracia de Dios. Para eso Jesús nos dio el Espíritu Santo, para resistir contra el mal. Gracias a los frutos del Espíritu: la mansedumbre, la castidad y el dominio de sí mismos, nos es posible moderar la concupiscencia y la inclinación a lo sensual.
Quien se deja llevar los las pasiones sensuales, como mi compañero de colegio, se convierte en esclavo, en un pobre servidor de sus instintos. Para no caer en las garras de los instintos, hemos de tener dominio sobre ellos, y esto es posible gracias a la fuerza del Espíritu de Dios.

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