Las bondades de una súplica confiada, 09 de febrero del 2024

En el milagro de la multiplicación de los panes, Jesús "pronunció la acción de gracias sobre los panes, los partió y se los dio a sus discípulos para que los repartieran". Él sabía muy bien que para que su compasión se manifieste, y sea de acuerdo con Dios, debía orar fervientemente y agradecerle por lo poco que hay. Y vaya que ocurrió el milagro. El pan se multiplicó.

Santa Escolástica (543), hermana de san Benito, antes de su muerte, le pidió a su hermano que pasaran la noche hablando del cielo y la Vida eterna. Pero su hermano se resistió. Le dijo: "¿cómo se te ocurre hermana que yo y mis hermanos pasemos la noche fuera del convento?". Entonces ella, suplicó a Dios fervientemente y, de pronto, se desató una tormenta que los monjes no pudieron marcharse. Entonces, la santa, advirtió a su hermano: "¿ves hermano? Te rogué a ti y no quisiste. Rogué a Dios y Él sí me escuchó". Así pasaron toda la noche hablando del Cielo y la Vida eterna. Al día siguiente, Benito vio desde su ventana subir al cielo a una paloma blanca y rato después se enteró que su hermana había pasado a la Vida eterna.

Una oración hecha con fervor y una acción de gracias hecha con todo el corazón, es capaz de despertar las entrañas misericordiosas de Dios para con sus hijos/as. Hagamos de nuestras oraciones y súplicas una verdadera fuente de unión con Dios.

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