En el Antiguo testamento el que tenÃa lepra debÃa vivir alejado de todos, diciendo "¡impuro, impuro!". En cambio, en el Nuevo testamento, un leproso —lleno de fe y arrodillándose delante de Jesús— le dijo: "si quieres, puedes curarme". Jesús, tocándole, contestó: "lo quiero, queda purificado". Y el leproso se sanó. Aunque tocar a un leproso significaba quedar impuro, el Hijo de Dios no le negó el favor que le pidió aquel leproso. Por eso dice Proverbios: "no niegues un favor a quien te lo pide, si puedes hacerlo".
En la Biblia, la lepra está asociada con el pecado. Por tanto, hay que invocar al EspÃritu santo para que produzca en nosotros arrepentimiento, odio y asco al pecado. Pues el pecado produce en nosotros ingratitud ante Dios (quejas), nos inclina al mal (malas costumbres), endurece la consciencia (acostumbrarse), afea el alma (suciedad) y amarga la vida (placer).¿Se acuerdan del sÃndrome de la rana hervida? Si el agua de la olla se va calentando poco a poco, la rana se acostumbrará y morirá cocida. Justamente eso sucede cuando el pecado se va repitiendo, la consciencia se va durmiendo, dejamos de remordernos y nos vamos acostumbrando al pecado. Esa forma lenta de acostumbrarnos al pecado, produce facilidad para cometer el siguiente pecado.
Aprendamos de Pablo, quien nos recomienda "sea que coman o beban, o lo que hagan, háganlo todo para gloria de Dios; no sean motivo de escándalo" y hagan siempre el bien a los demás. Es decir, hemos de trabajar arduamente para acostumbrarnos a hacer el bien, ser compasivos, ser misericordiosos y a no pecar. Asà nosotros también quedaremos purificados por el amor de Dios.

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