Sin embargo, ella tenía dos defectos que con el tiempo pudo superar: la altanería y la terquedad. Al fin, un día, decidió confesar sus defectos que supo manejar con la ayuda de su confesor. Le dijo: "Padre, usted ha logrado dominar mi altanería y mi terquedad". El sacerdote le contestó: "quiera el cielo que de ahora en adelante haga lo que más se parezca a la Voluntad de Dios y no lo que le dicten sus impulsos y caprichos".
En otra ocasión, también se confesó: "Padre, estoy totalmente disgustada de mí misma y del modo cómo me comporto". Y el sacerdote repuso: "me alegra que usted esté disconforme consigo misma, pues si usted estuviera contenta de sí misma, eso sí que sería una mala señal".
Estos dos consejos o advertencias tan importantes cambiaron su vida rotundamente. Y, con la ayuda de aquel sacerdote, fundó una nueva congregación religiosa que se dedicó a la pastoral de la salud y social de la Iglesia católica. De ahí la razón del por qué adoptó aquella mujer santa el nombre de Madre María de la Providencia.

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