Un día, se creó un disgusto entre sus compañeros al interior del aula en el Colegio donde estudiaba. Domingo trató de apaciguarlo pero, siendo imposible aquello, los contrincantes tomaron la decisión de salir del aula para dedicarse a pelear. Ambos tomaron piedras y se ubicaron frente a frente para tirarse con ellas.
Domingo, tras ver la situación de sus compañeros, consiguió un crucifijo y con él en la mano, se puso en medio de ellos, diciendo:
— Antes de lanzarse las piedras digan: Jesús murió perdonando a los que lo crucificaron y yo no quiero perdonar a los que me ofenden.
Tras oír tales palabras, los dos enemigos, como por arte de magia, dejaron caer las piedras de entre sus manos. Luego, hicieron las paces, se abrazaron y se frustró la pelea.
Este hecho fue recordado por muchos años entre los compañeros de Domingo Savio en aquel Colegio.

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